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A la vuelta de la esquina

on domingo, 8 de septiembre de 2024


 

 I must become a warrior of self-consciousness and move my body to move my mind to move the words to move my mouth to spin the spur of the moment.
 
Gary Hill, Site Recite (a prologue)
 
 
6:00 am.
 
La primera luz del día y el sonido de una ligera llovizna traspasan la ventana.
 
Tomo un poco de café y me pongo el rompevientos, el casco y los guantes; salgo a la calle y empiezo a pedalear.
 
A esta hora afuera ya está saturado de autos, que se arrastran como un cortejo fúnebre, soñolientos, con luces mortecinas.
 
Frente a una primaria se amontonan cantidades industriales de adolescentes. Bajan apurados de autos hechos nudo, atascados, furiosos, que se mueven como carritos chocones de feria.
 
Aquí empieza la subida. En esta ciudad, como dijo Malcolm Lowry, por doquier que se mire está
 
aguardando el abismo a la vuelta de la esquina. [1]
 
Para quienes andamos en bici eso significa que, por doquier que se mire, siempre habrá alguna pendiente diabólica por remontar.
 
Esquivo carros y peatones y sigo por una calle paralela a la barranca del Salto, flanqueada por ahuehuetes y eucaliptos gigantes.
 
El camino, aún sombrío y gélido, se ilumina con el parpadeo de la luz delantera. Voy oteando a los transeúntes apilados en banquetas mal construidas, que se lanzan al arroyo cada tanto buscando alcanzar el otro extremo de la calle sin morir en el intento.
 
Pero hay otros que no lo consiguen. De vez en cuando, cerca de algún puente, se me atraviesa el cadáver destripado de un cacomixtle o un tlacuache. Y pienso: “No se extinguen, los matamos”: triste destino de la fauna urbana, en un mundo de máquinas asesinas con mucha prisa. [2]
 
La avenida cambia de dirección: ahora el sol me da de frente, saliendo detrás de don Goyo, que ya está aventando al cielo el humo del primer porro del día.
 
Tengo que bajar y subir un columpio. Aprovecho el declive para alcanzar el semáforo en verde sin perder impulso. De lo contrario, tendré que eludir tres filas de autos en subida, anticiparme a ellos y al cambio de luces. Pedalear en la ciudad es una guerra sin cuartel.
 
En la loma de enfrente la calle serpentea, llena de baches, y desemboca en el Túnel. [3] Tal vez fue aquí donde Mr. Lowry,
 
ebrio […] coherente, un tanto loco […] bebido hasta la sobriedad […], [se topó con] el espíritu del abismo, el dios de la tempestad. [4]
 
Me cuelo por otra maraña de autos en el crucero y tomo el rumbo de Jiquilpan, otra subida en un punto al que le llamo la falla de Cuernavaca, especie de muralla que deberá sortearse inevitablemente desde cualquier punto de la ciudad para ir hacia el norte.
 
Mantengo encendida la lámpara delantera, más para ser visto que para ver por dónde ruedo, aunque esto a veces sirva de poco para evitar que te atropellen. [5]
 
Un par de kilómetros arriba llego al puente sobre la barranca de Amanalco. Puedo seguir en dirección oriente zigzagueando por caminos secundarios o continuar hacia el norte entre carros que ya van tarde a su destino, autobuses que desbordan las calles, rutas que parecen salidas de una película de Mad Max® y otra fauna similar.
 
Prefiero siempre la primera opción, que me permite calmar el ritmo del pedaleo, hacer del trayecto no un trámite engorroso, sino una experiencia con presencia plena; practicar el zen; enfocarse en lo sutil; apagar el ruido circundante. [6]
 
Cerca del puente hay una vendedora de girasoles. Quiero pararme a comprarle, pero nunca encuentro la calma para hacerlo. Es difícil soltar el apremio de llegar puntual a mi destino. En todo caso, me parece mejor detenerme en un puesto de tamales, donde se ocultan auténticos manjares: un suculento atole de galleta, uno de piloncillo e incluso uno de guayaba.
 
Al otro lado del puente venden fruta, que sólo observo de reojo con el anhelo de cargarme una piña, una papaya o una penca de plátanos.
 
Subo por Ocotepec, otra pendiente para escapar del abismo lowriano. El declive se extiende hasta la cruz de piedra que marca el límite entre dos pueblos. El camino se conecta con la antigua línea del ferrocarril, una vía verde que bordea Ahuatepec, se adentra en el bosque hacia San Juan Tlacotenco y remonta la Sierra del Chichinautzin hasta Coajomulco, Tres Marías y Fierro del Toro, a tres mil metros sobre el nivel del mar.
 
En Chamilpa debo atravesar un pequeño túnel debajo de la autopista. Una vez más hay que esquivar una sempiterna fila de autos ansiosos por llegar primero. El lugar me hace pensar en aquel reclamo de que “las calles son para los carros”. En realidad, éste era el antiguo camino a Santa María Ahuacatitlán y Huitzilac, por donde subían y bajaban los arrieros y sus mulas, mucho tiempo antes de que los autos hubieran sido siquiera imaginados. Entonces, ¿de quién son las calles en realidad?
 
El último jalón me lleva a la universidad, luego de un recorrido de casi nueve kilómetros, que se hacen en 45 minutos, a una velocidad promedio de 11 km/h, con 390 metros de desnivel positivo. Se comienza a 1,540 msnm y se termina a 1,930.
 
La vuelta es puro descenso.
 
 
Notas
 
[1] Malcolm Lowry, Bajo el volcán, Origen/Planeta, 1985, p. 25.
 
[2] Clara Grilo et al., Global Roadkill Data: a dataset on terrestrial vertebrate mortality caused by collision with vehicles. Scientific Data, 12, 505 (2025). https://doi.org/10.1038/s41597-024-04207-x
 
 
[4] Lowry, idem.
 
[5] Un ciclista fue atropellado en la avenida Miguel Hidalgo del poblado de Ocotepec de #Cuernavaca, Diario de Morelos, 20 de marzo de 2025, https://www.facebook.com/share/v/19U45TkZL4/
 
[6] Nick Moore, Mindfulness para ciclistas. Buscando la armonía sobre dos ruedas, Librero, 2019; Juan Carlos Kreimer, Bici Zen. Ciclismo urbano como meditación, Kairos, 2016.
 
 
* Escrito para el taller Pedaéalee, letras en bicicleta: https://ec.filos.unam.mx/pedalealee-letras-en-bicicleta 

 

 



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